domingo, 26 de marzo de 2017

Hace un año.

Era una noche más en Ace City, una de tantas, con un cielo oscuro salpicado de estrellas visibles a pesar de la contaminación lumínica y una luna tímida que se escondría tras una nubecilla. Era una noche más en Ace City... o debía de haberlo sido. El último tren del día llegó a la estación, con un traqueteo bien conocido por los trabajadores del andén y para los viajeros asiduos. A esas horas no había demasiada gente esperando, sino llegando, por fin, a sus hogares. Fue en ese último tren del día cuando ella llegó a la grandísima ciudad, la ciudad que brillaba como la joya de una corona con edificios tan altos que se decía "le hacían cosquillas a Dios en los pies". Ella consideraba que la idea era terriblemente divertida. Cosquillas a Dios... Se bajó del vagón con un grácil movimiento de piernas, para echar a caminar por el andén divertida, con una sonrisa de júbilo en sus labios, tintados con un pintalabios atrevido y llamativo, de un color rojo pasión tan intenso como sangre sobre el fuego. Del mismo color era la gabardina que llevaba, del mismo color los tacones, del mismo color el bolso y el sombrero de ala que llevaba como toda una señorita. No hubo quien le quitase los ojos de encima. Ni hombre ni mujer. Fue entonces cuando cayó la primera gota desde el cielo, justo ante sus pies. La chica, joven y de tez clara como la luz de la luna, contrastando enormísima y llamativamente con el rojo de sus labios y el oscuro maquillaje de sus ojos, dejó languidecer la mano ante ella para recibir alguna que otra gota traviesa entre sus dedos. Cuando una de ellas le mojó el índice, se lo llevó a la boca, introduciéndose el dedo entre los labios para saborear la gotilla de agua. Mientras lenta y sensualmente sacaba el dedo de su boca, sin arrastrar milagrosamente ni un ápice del tono de labios, se percató de la mirada embelesada de un hombre que casi se le caía la mandíbula al suelo. La estaba devorando con la mirada. Cuan hermosa era. A pesar de la gabardina y el sombrero se adivinaban sus curvas de forma sugerente, delinadas, como si fuese una escultura. Además, ella de por sí era atravida. Iba cubierta tanto como le cubría la gabardina. Más de la mitad de las piernas eran visibles tapadas únicamente por unas medias transparentes. Y sus piernas eran de infarto. El hombre que la miraba deseba tocarlas, apretarlas mientras las separaba. Qué maldición. Era una de esas mujeres por la que un varón cualquiera mataría por pasar unos cinco minutos o menos, lo que duraría el polvo precoz de su vida con una belleza semejante, con ella. Juguetona le guiñó un ojo y le lanzó un beso. Se recolocó el sombrero y se marchó con andares seductores. Sabía que la estaban mirando. Que ese hombre la estaba mirando. Cuando se marchó, el hombre se volvió a montar en el tren. Era el maquinista. Aún le quedaba un último viaje. El último. Esa noche el tren descarriló.

Empezó a llover para sorpresa de la ciudad. Los que disfrutaban de una agradable velada nocturna con sus parejas se tuvieron que volver a casa o a los coches a toda velocidad. Los que estaban de juerga comentaban en los bares sobre el fenómeno, que aunque no era nada de calidad paranormal o digno de llamarse "ejercicio extraterrestre", hacían notar que el pronóstico del tiempo no había indicado la menor probabilidad de lluvia, sino unos días súmamente despejados y agradables aunque con sensaciones térmicas bajas. Lo hecho hecho estaba, igualmente. Fue en la iglesia, la pequeña parroquia que había en Saints Street, donde sucedió uno de los acontecimientos más llamativos. Adam Black, el párroco, un hombre maduro de 41 años, alto, fornido por su pasado militar, se encontraba encamado a esas horas nocturnas, gozando en silencio del sonido de la lluvia que Dios había tenido a bien enviar, posiblemente para amenizar su lectura. Pocas cosas le resultaban tan placenteras como hallarse enfrascado entre letras embutido en la cama, con una luz vaga que no le cansara la mirada, a salvo del frío intempestivo de las noches de invierno. Pero aquella noche aconteció lo inesperado: llamaron insistentemente a la puerta trasera de la parroquia. Curioso, se vistió rápidamente con un pantalón y una bata para acudir a la llamada desesperada ¿Habría pasado algo? Rezó en silencio porque no fuese nada y, al abrir la puerta, lo que encontró fue algo que en un principio no pensó que fuese a suponer nada malo. Cuanto se equivocaba. Una mujer joven, de unos 20 y pocos años, de pelo oscuro como la tinta, labios rojos como sangre ardiente a juego con su gabardina, tacones y bolso, se acurrucaba a sí misma. Estaba empapada. El rímel se le corría por la cara. Pedía ayuda, decía haber llegado recientemente a la ciudad y no tener a dónde ir. Conmovido por su empapado aspecto, Adam la invitó a entrar.

-¿Necesitas algo más?- preguntó amable el hombre, ofreciéndole un té humeante para ayudarla a entrar en calor. Le ofreció una manta, pero ella no quiso quitarse la gabardina mojada -Hija ¿Qué te hace venir a Ace sin un lugar donde hospedarte? Es de locos. Esta ciudad es enorme. Y en ocasiones, tristemente, puedes dar con algún ladronzuelo que te quiera quitar el bolso- ella sonrió de forma tan encantadora como Rose, la hija de Norman Miller, una amiga cercana. Era curioso. En cierta manera le recordaba más a ella cuanto más la miraba. La chica de rojo se dio cuenta de cómo la miraba el párroco -Esto... perdón. No quería molestarte. Me recuerdas a alguien- la chica dejó la taza en la mesa y se pasó una mano por el pelo ¿A quién le recordaba? -Una amiga. Una buena chica- con ojos brillantes la chica de rojo afirmó que ella también era una buena chica -Oh. Cuanto me alegro hija. La bondad nunca es suficiente entre nosotros. Debemos buscar la virtud- para eso estaba ella ahí, afirmó -¿Vienes a Ace a buscar la virtud?- ella asintió y se puso en pie. Decía necesitar agradecer la amabilidad de Adam -Soy un hombre de Dios y del pueblo. Me debo a vosotros. Por favor tómate el té y descansa. Espera a que deje de llover, al menos. O permíteme que te regale un paraguas. Tengo unos cuantos y...- la chica se abrió la gabardina y la dejó caer sobre el sofá. Estaba desnuda. Completamente desnuda -Pero... ¿Qué haces?- a Adam le costó articular cada palabra porque sus ojos se clavaron instintivamente en las curvas hechizantes de la mujer ¿Por qué? ¿Por qué incluso su cuerpo desnudo le recordó a la joven Miller? -Estás equivocada- dijo, dando un paso atrás mientras ella se acercaba y se aferraba a él como una pantera. Le susurró en los labios que era él quien estaba equivocado. Cuando Adam quiso darse cuenta, estaba sentado con ella encima, rodeándole con las piernas y los brazos, besándole como no sabía que una mujer podía besar, con tamaño deseo desmedido como si bebiese agua tras pasar años en el desierto. Cada beso, cada movimiento de la lengua, la forma en la que ella le apretaba las manos contra sus pechos... Le llevó los labios rojos al oido y le pidió, de forma lasciva y suplicante, que la tomara de la forma más vil y salvaje que era capaz. Ella sabía que él sabía cómo hacerlo. Entonces Adam sintió un intenso placer recorriéndole el cuerpo... cuando despertó. Estaba sentado en la cama, con la frente sudada, respirando de forma agitada. El corazón le bombeaba con fuerza y la lluvia repiqueteaba en la ventana. Un dulce y placentero escozor le recorría el bajo vientre. Estaba excitado -Perdóname Padre...- apretó los puños -Pero maldito seas...- musitó antes de dejarse caer de vuelta contra la almohada, intentando pensar en mil cosas distintas.

Esa misma noche, mientras llovía, un hombre se sentaba bajo un puente de Ace que pasaba sobre un río. En la orilla del mismo se encontraba acurrucado con viejas mantas posiblemente pulgosas, intentando encender un fuego en una vieja lata de Coca-Cola que había conseguido romper para llenar de ramas, papel y demás material que quemara. Angelo Gabriel Salvattore, hijo de padres italianos que emigraron en la época de la primera guerra mundial, se había visto afectado por las inmensísimas deudas de sus padres. Llegar a los Estados Unidos y más aún a Ace City fue todo lo contrario de lo que esperaban. No era un sueño americano, ni hubo trabajo estable. Malvivieron durante años y aún así quisieron tener un hijo los malnacidos, al que malcriaron y descuidaron hasta dejarlo vivir en las calles si era necesario para buscarse el pan. Con 40 años, llevaba más de 30 conociendo las calles como su hogar. Para él no era nuevo. Era lo único que conocía... lo único que no lo trataba mal. Perros callejeros y gatos vagabundos eran su única compañía. Ace City se había vuelto, con el paso del tiempo, una ciudad elitista. Todo debía ser bueno, todo era bonito, todo menos para un mendigo. Él sabía ver lo que había más allá, más allá de los banqueros, los curas, los empresarios... y sin embargo, sabía que en su posición no le quedaba otra que bajar la cabeza. Recordaba con tristeza los días en los que casi consiguió salir del pozo de misera. Cómo intentó hacer amigos cuando tenía 10 años, cómo le contaban su día a día en los colegios, a los que él no asistía debido a que sus padres se negaban en rotundo en gastar el más mínimo centavo en algo que no fuese juegos de azar y alcohol. Recordaba a Natalie, la chica que le gustaba, guapísima, buena y dulce. Un ángel caido del cielo. Se terminó casando con un chupapollas hijo de papá que pudo tener un coche apenas cumplidos los 16. Se buscó un trabajo en el puerto como estibador cuando tuvo edad suficiente y fuerza suficiente. Allí comenzó a ganarse el dinero, el pan, el respeto, y una posible vida. Fue su última oportunidad y se la arrebataron. Estuvo a punto de casarse en secreto con la hija del jefe, Mary, no tan refinada como Natalie en su día, algo severa y no demasiado cariñosa, pero era decente, no se daba a la mala vida y no le rechazó. Perdió la virginidad con ella tras una borrachera en los muelles y esa fue su sentencia. Tenían planes de irse juntos cuando ambos reunieran dinero, pero aquella lascivia que los llevó a tener relaciones en los muelles los descubrió y el padre de Mary se ocupó personalmente de joderle la vida hasta puntos incalculables. Desde entonces así llevaba, casi 20 años en los que lo terminó por perder todo. Gordon, el padre de Mary, era influente, no en vano era el dueño de los muelles. Se preocupó por que nadie contratase a Angelo. Maldito bastardo, hijo de puta ¿Dónde estaba la luz de la ciudad? ¿Dónde estaba el as bajo la manga para salir hacia delante? Maldito sueño americano, malditos hijos de puta que tuvo por padres y maldita su vida, por sólo encontrar rachas de mala suerte. Aquella noche no fue distinta cuando un grupo de borrachos lo encontraron bajo el puente y le dieron una paliza por diversión. Angelo no hizo más que suplicar por su vida y toser sangre cuando le dejaron en paz. Para colmo no dejaba de llover. Para él nunca dejaba de llover.

Quizá la providencia fue la que llevó a aquella mujer bajo el puente, entonces. O tal vez simplemente es que se perdió. Iba tan elegante. Le daba igual estar empapándose. Curiosamente no se le corría el maquillaje lo más mínimo bajo el agua torrencial. Sus labios rojos como sangre ardiente no se desmejoraban lo más mínimo -Señorita... perdone...- dijo cuando ella pasaba distraida bajo el puente, como si estar junto a un río sucio, bajo un puente apestoso junto a un mendigo pulgoso fuese más común e inofensivo que estar en un hotel de 5 estrellas, donde ella parecía pertenecer -No se asuste por favor, yo... sólo quiero rogarle unos centavos, tengo hambre y frío...- se limpió torpemente la sangre del labio por la paliza recién proninada. La chica le miraba divertida, sin dejar de sonreir -Por favor no se ría de mí...- ella se acercó, se arrodilló ante él y le acarició el pelo andrajoso. Luego pasó la mano cálida y suave por la barba rala que le costaba afeitar. Señaló que tenía una pinta terrible -Si usted fuera tan amable de ayudarme...- ayudarle, eso es precisamente lo que se proponía -¿Qué...? Oh, gracias...- esperaba tristemente a que como mucho le diese un dolar, y sin embargo ella le tendió la mano. Angelo la tomó con cuidado para no ensuciar su piel pulcra, similar a la porcelana. Con una voz tan cálida como seductora le dijo que iba a cambiar su vida, que le iba a permitir que cambiara su vida. Sólo tenía que decirle qué era lo que deseaba -Con poder comer me conformo señorita...- ella negó. No. Él tenía deseos y quería saberlos -¿Una cama decente...?- sonrió torpemente, avergonzado -¿Una ducha...?- con un suspiro de impaciencia, ella le besó. Le besó de forma larga, y pausada. Angelo se dejó llevar por la extraña sensación del contacto. Diría que fue magia si no fuera porque sabía que tales cosas no existían... porque no existían ¿Verdad? El caso, es que de pronto entendió lo que ella preguntaba -Deseo vivir lo que no he podido vivir. Lo que me negaron y me arrebataron...- una lágrima le cayó rodando por la mejilla, se le contrajo la barbilla. La chica asintió despacio, sonriente -Quiero vivir como viven ellos...- señaló la ciudad -Y hacer que ellos vivan como he vivido yo- le costaba contener las lágrimas. Era pura ira. Puro odio y repugnancia. La chica amplió su sonrisa, mostrando sus perfectos dientes. Le susurró que así sería.

No llegó a pasar un mes cuando la vida de Angelo cambió de forma drástica. Muy de vez en cuando se cruzaba con la chica y cuando eso sucedía, algo maravilloso le ocurría. Era como si la chica fuese el genio de la lámpara de Aladdín, pero sin un cuento de hadas donde todos son felices. El único feliz era Angelo. Cada vez que se encontraba con quien él llamaba la Dama Roja, se volvía fuerte e invulnerable. Lo descubrió cuando sin querer se peleó con un tipo en la calle y le rompió la cabeza contra una pared. Nadie lo vio. Nadie le juzgó. Le robó la cartera y con ella un acceso a su cuenta bancaria. Un milagro. Era un tipo adinerado, de manera que aprovechó toda tesitura para darse un cambio de imagen y aprovechar, entonces, su maldad e ingenio. A diferencia de otros emprendedores, él no abrió un negocio. Utilizó el dinero que había robado y sacado antes de que bloquearan la tarjeta y la cuenta bancaria para reunir adeptos, indigentes, parias, otros que como él realmente no tenían nada que perder. Eso era lo que la Dama le permitió aprender: sólo necesitaba saber que al estar libre de toda cadena, podía hacer cuanto quisiera, sólo necesitaba la oportunidad de hacer un trabajo limpio. El anonimato era lo más crucial. Siendo así, se formó un imperio poco a poco, contratando a diversos matones a los que ponía a su servicio para tomar dinero de los distintos locales y empresas, desde la más pequeña a la más grande, con el paso del tiempo. Transcurrió medio año cuando Angelo ya era un hombre de éxito. Un hombre al que se le conocía por su dinero, aunque nadie sabía de dónde procedía. Él simplemente lo blanqueaba y lo hacía legal.

Era verano, una noche deliciosa, cuando la fiesta en la mansión de Angelo terminó. Había chicas borrachas por todas partes, algunas hasta drogadas. Seguramente bailarinas contratadas, o putas, a saber. La Dama Roja se abrió paso entre el camino de cuerpos despampanantes que regaban el suelo del patio hasta la piscina, donde Angelo, borracho, aún se mantenía lo bastante sobrio para estar embistiendo a una de las chicas por la espalda. La joven gemía distraida, ida, borracha y obnuvilada por la fiesta. Debía tener 17 años, o 16. La Dama Roja observaba el espactáculo hasta que Angelo terminó de correrse en la chica. Fue a subirse el pantalón cuando se giró y se sobresaltó por la presencia de la chica de rojo -¡Hostia!- trastabilló -Que puto susto me has dado joder- se quejó y empezó a reirse -¡Cuanto tiempo sin verte, querida! ¿Cuanto ha sido? Casi medio año quizá...- se acercó a ella. Estaba igual. Con su mismo pintalabios rojo, su misma gabardina, tacones y bolso -¿Has visto cuanto ha cambiado mi vida?- miró orgulloso a su alrededor -Gracias a ti. Sólo por hacerme darme cuenta de lo que deseaba. Por darme el pequeño empujón...- la miraba a los ojos. Era bellísima -Incluso recuerdo el beso, sí. Ahora soy más digno de ir más allá de un beso contigo, si me lo permites- la Dama Roja miró por encima del hombro de Angelo a la chica borracha, que ni siquiera parecía haberse percatado de que ya habían terminado de follar ¿Era eso a todo lo que aspiraba el hombre al que sacó de la indigencia? -Ya me he vengado. Me he hecho con unos negocios a hostias y tengo dinero suficiente para vivir mejor que muchos de esos mequetrefes y me follo a sus hijas. No sé cual de estas aparecerá dentro de 9 meses con un bombo. Y me la sudará- rió encogiéndose de hombros. La Dama Roja le miró con severidad. No era eso lo que él deseaba, no en aquel entonces ¿Dónde quedó el odio? ¿La sed de sangre? -Ya no es necesaria...- ella le agarró del cuello. Estaba fría. Era un témpano de hielo. Angelo se estremeció, era como estar en el ártico. Ella le aseguró que era necesario y se lo mostraría. Él era su brazo ejecutor, el ángel exterminador. Ella le había enseñado todo lo que era capaz de hacer ¿Se iba a contentar con un grupito de niñatas en ropa interior borrachas, o con toda la ciudad? -Yo...- la seriedad de la mujer desapareció, para volver a mirarle con cariño. La mano helada pareció volverse cálida de pronto. Le dio un suave beso en los labios. Dios, era tan deliciosa que un pequeño beso como ese era más placentero que los polvos con las chicas en la piscina -Yo...- ella le susurró que no tuviese miedo. Le pidió... que lo hiciera por ella. Y por él mismo -De acuerdo...- sonrió tontamente -Lo haré por nosotros...-

En el tiempo actual.

Las cuerdas del cuadrilátero vibraron cuando el cuerpo de Jack se apoyó en ellas, mientras recibía diversos golpes del contrincante. Éste se cubría con los brazos en alto, protegiendo el rostro, mientras mantenía la compostura y la concentración. Oía los silbidos y los vítores del público, que no era demasiado, pero habían pagado lo suficiente para que ganar el combate le supisiera un dinero extra para pasar el mes sin tener que suponer gastos a su tío. Estaba esperando, como un depredador. Sabía que su rival se cansaría de lanzar esa inútil marabunta de puños. Era un aficionado al boxeo, en el MMA había que ser versátil. Jack era versátil. Tal y como predijo, falto de oxígeno, el contrincante retrocedió. Aprovechando su cansancio, Jack lanzó un par de puñetazos para distraerle, robarle la concentración, aprovechar lo metido que estaba en el boxeo para que se protegiese la cara y no el estómago. Fue entonces cuando le lanzó un rodillazo tan poderoso que lo hizo doblarse y escupir saliva, para luego girar y propiciarle una patada tan poderosa en el rostro que podría haberlo matado, aunque afortunadamente no fue así. El combate acabó y las aclamaciones subieron al cielo, o más bien al techo de aquel gimnasio cerrado al público. Eran peleas ilegales, a fin de cuentas.

-Cualquier día de estos das el salto a los campeonatos regionales, chico- dijo Walter, su "entrenador". Le entregó un fajo de billetes. No eran más que 500 dólares, pero algo era algo -Opino que estás desperdiciando tu vida partiéndote la cara por 500 pavos cuando podrías estar ganando millones-
-Millones, claro- rió Jack, con la cara enrojecida por algunos golpes -Millones de hostias me llevaría yo. No soy tan bueno- se estaba terminando de poner la camiseta
-Lo eres hijo, lo eres. Otra cosa es que te guste demasiado el rollito de malote con moto y mecánica. Deberías dejar esta puta ciudad e irte donde te puedas ganar la vida con esto. Tienes madera-
-Lo mío es mi taller Walter- dijo cansado, terminando de colocarse la chaqueta -Y no hay más que hablar. No pienso discutir contigo. Además ¿Qué harías sin mí? Te hago ganar dinero casi siempre-
-Es la razón por la que no te obligo a que te vayas. Sólo te aconsejo- rió -Y para preferir perderte por tu bien, ya considero que se te da bien, chico-
-Me lo tomaré como un cumplido, pero Ace es mi hogar, aquí tengo a la familia y a los colegas... Quizá en otra vida-
-Quizá en otra vida, sí, quizá...-

Aquella noche no habría charlas con los colegas, estaba derrotado. Necesitaba ir a la cama lo más rápido posible y dormir. Afortunadamente era tarde y su primilla y sus tíos estarían dormidos, no le verían con la cara amoratada. Al día siguiente tendría que llegarse a la parroquia para hablar con Adam, ya que su tío le había pedido que fuese a verle para recibir algunos consejos. Su tío Ethan, tan bueno de corazón como no lo era su padre. Teme que las juntas con su banda de amigos moteros y el creciente auge de rock y heavy metal en el que se estaba sumiendo lo llevara por derroteros oscuros. Jack se conmovía por la preocupación, pero tal cosa no pasaría. Aún así le debía la vida a su tío, de manera que obedecería, aunque se imaginaba la charla que le iba a dar el párroco, la conversación de siempre...

Al día siguiente.

 -En otras noticias, Ace City sigue cada vez más envuelta en el halo del misterio. El ACPC (Ace City Police Departament) ha detenido a seis sospechosos de ser reponsables de asesinato de Audrey Schultz, una joven de ascendencia alemana que acudía a la Escuela de Artes el pasado miércoles 28 de Noviembre. El cuerpo de Audrey fue encontrado desnudo, en el centro de un extraño símbolo y rodeada por pequeñas estatuillas de lo que parecía ser la Parca o la Santa Muerte mexicana y huesos de animales en un macabro ritual. Los jóvenes, de entre 14 y 20 años de edad, están preparándose para pasar a disposición judicial. Con la joven Audrey Schultz, ya son 4 los casos de asesinato por grupos sectarios en lo que va de año, amén de otros altercados nocturnos con víctimas mortales. Seguiremos informando en Daily Ace Sunshine- el telediario pasó a publicidad, ante un embobado Adam que pensaba en las musarañas. Fue la voz de Rose quien lo sacó del umbral de sus pensamientos, que venía cargada con tres libros de la biblioteca del párroco -Ah, Rose, perdona- la chica quiso saber qué le pasaba -No, nada. Estoy bien. Estaba arreglando un poco el estante cuando comenzaron las noticias y... bueno, ya sabes- sonrió agradable -Me preocupan las almas de los descarriados, eso es todo- Rose suspiró, apesadumbrada. Era consciente de los problemas que iban creciendo poco a poco en la ciudad, pero confiaba en la policía. Su padre confiaba enormemente en la policía y contagiaba ese optimismo. La chica aseguraba que mientras los detuvieran, como era el caso, no habría de qué preocuparse -Tienes razón... ¡En fin! Dejemos en manos de Dios el destino de los hombres- se intentó animar -¿Y eso? ¿Tres?- rió sorprendido -Rose, dentro de poco me vas a dejar sin nada que te pueda ofrecer- la chica rió. Era consciente de que pronto dejaría a Adam sin nada que ofrecerle de lectura, pero era su entretenimiento, su fascinación -¿Sigues buscando inspiración?- ella asintió -Entonces me parece lícito, pero tampoco te sobreesfuerces. A veces la inspiración llega cuando menos te lo esperas. Es como... una amante caprichosa, aunque no sea yo el más ducho en estos temas- miró el reloj. No quedaba mucho para que Jack acudiese -Bueno, Rose, se hace algo tarde y supongo que tu padre se preocupará por ti. Déjame que prepare algo de café y me cuentas tus planes para lo que estás escribiendo. Siento curiosidad. Acompáñame y adelántame algo- era su parte favorita del día. Escucharla hablar de sus mil y un ideas, de sus planes. Y observar en silencio cada mágico movimiento que brotaba de ella mientras se movía. Era pecar de idolatrar a falsos dioses... pero ella era una excepción.

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