-Si, si. No te preocupes- respondió con rapidez, llevándose los cabellos tras la oreja, una vez había comprobado que la caja de la colecta estaba intacta -Sé quien era. Lo imaginé. A veces llega a la iglesia gente con esa condición, buscando un poco de consuelo, comida... ya sabes- informó algo más tranquila. -Gracias de todas formas. Me había puesto algo nerviosa- sonrió sintiendose estúpida. Mientras ella se había quedado paralizada, él había actuado como si nada, casi -Aunque no creo que los golpes que le has dado sean...- antes de terminar de hablar, Adam se abrió paso hacia el lugar en el que ambos jóvenes estaban, algo nervioso y acelerado. Había visto a aquel hombre salir rápido e imaginó que algo había pasado. Sin embargo, no dijo más. Miró a Jack y después a la chica. Terminó de imaginar él solo la historia antes de que ellos la contaran -No pasa nada Adam. Sólo buscaba dinero. Jack me ha ayudado- comentó sin darse cuenta de que había confesado saber el nombre de aquel joven sin darse cuenta. Cayó en la cuenta un poco tarde. -¿Eres Jack, no?- preguntó, intentando arreglar lo ya hecho -Sé que también vienes a ver a Adam a veces- se explicó hasta donde pudo, pues el párroco, intervino rápidamente para preguntar si estaba bien -Si, de verdad. No ha pasado nada malo- suspiró -Si al menos hubiese pedido el dinero en condiciones, explicándome para qué lo necesitaba...- Jack alargó media sonrisa, expresando algo similar a un bufido. ¿Para qué quiere un yonkie dinero? -Ya, ya... es solo que... bueno... pensaba que...- una vez más, la chica se sintió estúpida junto a aquel joven. Por suerte, esta vez no estaba sola para contrarrestarlo. Adam se excusó por ella, alegando que solo estaba intentando ser solidaria. Rose miró para otro lado. -Adam, te dejo a ti mejor la caja. Voy fuera, antes de que esas mujeres entren en bandada en tu búsqueda para preguntar cuanto cuestan mi par de medias- bromeó, intentando quitarle hierro al asunto. Tras darle la caja al hombre, se dirigió hacia la salida. -Adiós- y esa despedida solo era para Jack.
El domingo transcurrió sin mayores preocupaciones, para ventaja de los voluntarios. El mercadillo había funcionado tan bien como se esperaba. Se vendió mucho ropa, más que libros. Los ingresos para la iglesia fueron bienvenidos, tan agradecidos, que Adam y Rose ya fantaseaban en qué lo podría emplear. Las ideas versaban sobre un pequeño comedor instalado en una de las salas vacías de los pasillos de la iglesia, o sencillamente, una compra generosa de medicamentos para quien los necesitase. El próximo mes sin duda, los objetivos de la iglesia podrían cumplirse. Por ello, Adam agradeció encarecidamente el trabajo prestado por todos aquellos quienes habían querido formar parte del mercadillo aquel domingo. Todos, incluido Jack. El joven de ropajes oscuros había pasado toda la mañana trabajando codo con codo con el párroco mientras fumaba de vez en cuando, y a Rose, eso no se le había pasado por alto. Por ello, cuando todos se marcharon y Rose fue la última en quedarse para devolver uno de los libros que hacía cinco días le prestó el párroco, no pudo evitar contener su lengua. -Ese Jack... ¿Suele venir mucho?- preguntó curiosa mientras colocaba el ejemplar en la estantería. Por el rabillo del ojo, percibió la mirada del hombre. -Le he visto varias veces, pero me preguntaba si se pasaba por aquí tanto como yo- Adam sonrió. Tanto como lo hacía ella, no le visitaba nadie. Aquel comentario hizo que ella sonriese -Bien, bien. Sigo conservando el premio a la más pesada- tras colocar el libro, bajó del pequeño taburete y lo apartó a un lado -¿Es amigo tuyo? ¿O solo alguien muy afligido?- El hombre se rascó la barbilla, pues no sabía contestar. Más bien, era el familiar de un amigo que sí que estaba afligido por él -Oh... - Adam arqueó una ceja -Es que... me extrañaba ¿Sabes? Soy la primera que procuro no juzgar a las personas. Pero él, con esa ropa, la barba y... no sé. Ese físico de personas que no van normalmente a misa, me desconcertaba- el párroco suspiró ante aquel comentario. ¿A caso insinuaba que él no tenía cabida en aquella casa sagrada? -No, no digo eso- comentó ofendida -Mi padre dice que esta nueva juventud, tan rebelde y oscura, promueve dictámenes contrarios a los que predica la iglesia. Lo mismo hacen esas canciones nuevas que tanto escuchan. Pensaba que eso era así.- tras decir aquello, la chica se quedó en silencio con los brazos cruzados. Se dejó caer contra la estantería, que por suerte, estaba bien sujeta a la pared. El hombre, tras terminar de recoger las cajas vacías, se quedó mirándola a los ojos. Aseguró que su padre también creía que estando en casa o en la iglesia sin hacer nada, Rose llegaría a ser una mujer de provecho. -No es exactamente lo que dice, pero...- se mordió el labio. Pensó en sus libros, en esos que su padre desconocía. -Vale, si. Es justamente eso lo que dice- bufó. -Pero no le juzgues. Yo no te juzgo a ti por estar todo el día aquí encerrado sin hacer otra cosa más que pensar- se burló -Debes estar agradecido, muy agradecido de mi presencia- le señaló. Él alegó, que en todo caso, debía estar muy agradecido de que sus amistades ya hubiesen tomado un rumbo más familiar. Si no fuera porque todas las amigas de Rose estaban casadas y esperando hijos, ella no estaría allí. -Que cruel eres ¡Claro que estaría! Lo hacía incluso cuando Betty estaba soltera- gruñó -Mi madre lo hacía, y yo lo haré. Me gusta ayudar, sentirme útil. Es en lo único en lo que mi padre no tiene quejas y estoy segura de que a mi madre le hubiese gustado... esto- terminó por decir, en un hilo de voz. Rápidamente, Adam llevó una mano al hombro de la chica, tan amplai y reconfortante como siempre. Le preguntó si estaba bien. No si estaba bien como estado físico, sino de ánimos, unos ánimos especiales que ya él conocía -Claro, está superado. No más bajones, ya lo sabes- sonrió -Pero no creo que sea pecado recordarla- el hombre negó con la cabeza, satisfecho con aquella actitud positiva que había sabido arraigar al alma de la muchacha. -Se hace tarde. Brigitte debe tener servido el almuerzo ya. Te preguntaría si querrías venir a almorzar a casa, pero como siempre dices que no, paso de tu hambre ya- bromeó, imitando la jerga y la forma de hablar de la juventud hedonista y rebelde -Nos vemos a las 6. Intentaré traer a mi padre a la misa, pero no prometo nada- Adam asintió, y con un saludo de manos, se despidieron. Rose entró en su coche, y por defecto, un leve olor a gasolina impregnó sus sentidos. Esta vez, ese olor le recordó a Jack.
Aquella misma noche de domingo, mientras Rose salía acompañada de Brigitte de la iglesia, sin su padre, al otro lado de Ace City, el humo del tabaco impregnaba el ambiente de aquel humilde taller. Reunidos estaban una vez más aquel grupo de amigos, burlándose de los sermones eclesiásticos y hablando sobre temas mucho más banales incluso. Y eso, era algo que Megan imaginaba. Por ello, ataviada con un pantalón oscuro ceñido y una chaqueta de cuero con una cremallera tan plateada como sus enormes pendientes, se dejó caer en el lugar, como si los demás no supiesen que su aparición había sido de los más casual -¡Ey!- dijo nada más entrar. Ante su aparición, los hombres, casi todos, vitorearon su llegada. Se preguntaban donde había estado tanto tiempo, dado que hacía semanas que no pasaba una buena noche con los amigos. Sobretodo Jean, quien esa noche tenía a una mujer joven sentada en su regazo -Moviéndome por las altas esferas, cariño- sonrió Megan juguetona, consiguiendo un sitio en uno de los sillones esparcidos al fondo del local. -¿Bebidas? Una cerveza- Dwyne abrió la chapa del botellín que había pedido con la única fuerza de su pulgar, para después cedérsela a la chica, que bebió el primer trago como si llevase todo el día deshidratada. -¿Y quien es ésta chica? ¿Me estáis reemplazando?- preguntó con fingido tono dramático, pero algo venenoso.
-Natalie-
-Que nombre tan fino- sonrió forzadamente. -¿Cuanto lleva aquí?-
-Un par de noches- comentó la chica, intentando ser lo más amable que su pequeña embriaguez le permitía. Se había dado cuenta de que por alguna razón, Megan preguntaba a los demás, pero no directamente a ella.
-Oh, así que eres una pipiola en el club. Que suerte. Eres la segunda mujer que entra en este taller. Yo fui la primera- volvió a mostrar aquella sonrisa. Los hombres se miraron entre sí ¿Que estaba pasando? Megan se estiró en el sofá, como si fuese el de su propia casa, como si quisiera mostrar la tranquilidad de estar en un lugar demasiado familiar para ella, demasiado personal, demasiado suyo. Natalie la miró con cada vez peor rostro. -Entonces ¿Tu y Jean...?- preguntó de repente. Natalie miró a Jean y Jean a Natalie. Ambos negaron con la cabeza.
-Soy una amiga, nada más. No me gustan los rollos serios. Ya me entiendes-
-Ah, yo fui pareja de Jack- sonrió, marcando un poco más su terreno. -Pero a mi tampoco me gustan los rollos serios. Por eso... aquí nos hemos enrollado todos, ya sabes. Las ganas y las horas juntos... a la cama llevan- se mordió el labio, triunfadora. -Haces bien, tía. Jean es un capullo, olvida las seriedades con él. Un par de polvos y le mantienes a ralla, así se hace con él- añadió mas leña al fuego.
-Si, ya...- Jean quiso intervenir. Se quitó a Natalie de las rodillas y, admitiendo que hacía un poco de calor, sugirió irse fuera un rato. -¿Calor, Jean? Hace frío. Además, no he traído ropa de abrigo-
-Es verdad, vas muy desabrigada, chica.- miró a su escote tan pronunciado -Por cierto, yo tengo esa camiseta. Bueno, la tenía cuando tenía dieciocho, las movidas de aquella época y eso... es demasiado colorida para mí ahora. Aunque... a mi me quedaba más ancha-
-¿Me estas llamando gorda?- Natalie no aguantó la pregunta. Megan empezaba a sacarla de quicio y por eso la encaró. Los demás, no quisieron ni intervenir. Y Megan, solo pudo reirse.
-¡Que va! Solo te estoy intentando caer bien, para que seamos amigas-
-¡Y una mierda! ¡¿De que cojones vas tú?!-
-¡¿De que estas hablando?!-
-¡¿Como que de qué?! ¡No paras de lanzarme indirectas desde que has llegado!
-¡Si te das por aludida, no es mi problema! ¡Tu sabrás si te sienta mal o te pone celosa algo de lo que te he dicho. Las cosas aquí son así-
-¡¿Y tu quien eres?! ¡¿La reina del taller?!-
-¡Alguien que lleva aquí más tiempo que tú!-
-¡¿Y a mi que cojones me importa eso?! ¡Eso no te da derecho a ser una hija de puta!-
-¡Encima me insultas, puta borracha!- En ese momento, ambas mujeres hubiesen llegado a las manos, de no ser porque Reed y Dwyne intervinieron, sujetando ambos a cada mujer. -¡¿A quien mierdas os estáis buscando para follar, capullos?! ¡Hay mujeres mejores que ésta!-
-¡¿Ah si?! ¡¿Mujeres como tú?! ¡¿Mujeres como tú que se tiran a viejos por sacarle los cuartos?!- aquella sugerencia, fue la gota que colmó el vaso.
-¡¡¡Jean!!! ¡¿Que coño le has contado a esta?!- Jean alzó las manos, asegurando que nada más lejos de aquello, y que solo había hecho para divertirse, nada más. -¡¿Divertiros?! ¡Echad a esta puta de aquí! ¡¡¡Ya!!!-
Ante los gritos, la voz de Jack se alzó, quien había estado callado todo el tiempo. Dijo que no. Natalie no se iría. Megan, que había estado evitando mirarle toda la noche por su propio interés, lo hizo por primera vez. Y su rostro, pasó de estar sorprendido, a ser sumamente dócil. -Jack... ¿Que pasa? ¿Por que no quieres que esta tía se vaya? Me ha insultado- El hombre bufó, alegando que se habían insultado mutuamente. -Pero... ¿Te da igual?- él asintió, provocando un enorme recelo en el interior de la mujer, que hizo un gesto con la cabeza para echar hacia atrás sus rizos rojos, en señal de orgullo, de que no podía lamentarse por la actitud del hombre. Sin embargo, no todo quedó ahí. De malos modos, pidió que la que se fuese fuera Megan. Ésta, le desafió con la mirada. A Jack no le daba la gana que ella ordenase en su taller, en el local que era de su propiedad. Ella no era la reina, la dueña ni nada por el estilo de aquel sitio. Y por ello, no pensaba ni por asomo echar a la compañera de un amigo de allí. Ella era la invitada, no Natalie. -¿Estas seguro de lo que estas diciendo, Jack?- él asintió. -Entonces me iré. Pero porque me lo pides tu, no por los caprichos de esta puta- terminó por decir. Se bebió el botellín de cerveza por completo y se lo cedió a Dwyne. -Ya nos veremos... en otra ocasión- comentó, recogiendo de nuevo ese tono juguetón, para salir por donde había entrado.
En el fondo, había ganado, y ella lo sabía.
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