Rose se acarició el brazo mientras oía a Adam hablar con su padre. Estaba segura de que algo debía estar ocurriendole, pues su padre no era un hombre violento. Al contrario, siempre había sido bastante alegre, tranquilo, y sobretodo devoto. Y ahora, en ese momento, no hacía otra cosa que gritarle al párroco. Rose oía perfectamente su voz alzándose al otro lado del teléfono, y, como si pudiera llegar a estar presente, no se quiso acercar hasta que Adam no colgó el teléfono. -Lo siento. Se que estoy no es... que tu no eres... pero es que no puedo estar en casa. No sabes las cosas que me ha dicho, no sabes como me ha tratado...- lloró desconsolada, dejando el bolso sobre la mesa de la entrada. El hombre negó con la cabeza. No debía excusarse, no debía ni tan siquiera contarlo. Él ya se lo imaginaba, a juzgar por lo que había acabado de oír. -Me quedaré solo esta noche. No molestaré, te lo prometo- rogó asilo. Adam suspiró, y tras hacerlo, vislumbró media sonrisa. Estaba teniendo demasiadas visitan juveniles por las noches. Rose comprendió a lo que se refería al instante, porque Jack, había pasado la anterior noche allí mismo -Pero yo no molestaré. No sentirás que estoy aquí, de verdad- repitió la chica, sintiéndose enormemente avergonzada por tener que pedir una cama y un techo por primera vez en su vida.
Adam acompañó a Rose hacia una de las habitaciones con las que contaba la iglesia. Muy pocas veces eran ocupadas, puesto que la gente más necesitada solía pedir medicinas o alimentos, pero no una cama para pasar la noche junto a un párroco. Por suerte, la vida en Ace City no era tan mísera ni tan deplorable y la mayoría de la gente no sufría demasiada necesidad. De no ser por aquella oleada de crímenes, sería todo perfecto. El hombre se disculpó. Al no imaginar que aquella noche tendría que alojar a alguien más, no había lavado las sábanas de la cama que Jack había ocupado. -No pasa nada. Seguramente... ni si quiera duerma. No puedo, estoy demasiado nerviosa- tras pedir que se tranquilizarla, Adam abrió la robusta puerta y la dejó pasar a la habitación, que era tan simple, que era feísima. Las paredes eran blancas, con alguna mancha de humedad. No había cortinas, no había muebles ni alfombras. Solo la cama, una mesa y una lámpara. Rose, acostumbrada a su habitación, se sintió incómoda en aquel lugar. Sólo de imaginar la luz apagada y a ella misma encerrada allí... tembló. Tantas horas en la iglesia no conseguían suplir una noche de soledad en la misma. Rose se quitó la chaqueta, y tras ella, los zapatos, quedando casi descalza, cubierta únicamente por las medias. Se sentó en la cama y... no supo que decir. -Mañana a primera hora de la mañana me iré, tranquilo- volvió a lamentarse, secándose las lágrimas. Adam suspiró y luego bostezó ligeramente. Cuando la chica le miró y observó sus cabellos despeinados y la oscuridad de una barba naciente, supo que sin lugar a dudas, cuando ella llegó él debía estar en la cama. Tenía sueño y estuvo a punto de irse, pero el miedo de la chica a quedarse sola intervino antes que sus remordimientos -¿Podríamos hablar? Pero no hablar como amigos. Hablar como confesión. Quiero sentirme mejor. Quiero dejar de tener esta sensación de culpabilidad- sollozó, intentando calmarse. El corazón del párroco tuvo que ablandarse muchísimo, porque desapareció, para volver a la habitación con una silla traída desde su habitación. La colocó junto a la cama y se sentó. Por supuesto, no iba a sentarse con ella en la cama, aunque solo fuese eso, sentarse. Adam no dijo nada, simplemente la miró expectante. Ella hizo lo mismo, para luego agachar la mirada. -¿Esta mal si quiero sentirme libre?- preguntó en un murmullo. El párroco lo negó. -Y no me refiero a escribir en secreto. Me refiero a vivir. A hacer cosas que a la gente le parece mal, que a mi padre le parece mal- Adam quiso saber que cosas -Cosas como salir. Salir y conocer gente. Ir a escuchar música o bailar. Hacer las cosas cuando quiera y como quiera, sin necesidad de pedir permiso, sin tener miedo de las consecuencias que pueda acarrearme la opinión de un tercero- El párroco alzó una ceja. Si lo que estaba buscando era perdonarse así misma por haber salido con Jack, no debía hacerlo. El amor no era pecado, no mientras se respetasen las reglas del mismo. -¡No es amor! ¡No es nada!- se adelantó a corregir -Tú y mi padre pensáis lo mismo, estoy segura. Creéis que me estoy relacionando con alguien como Jack porque me gusta y quiero ser como él, estar con él, seguir con él. Y no es así. No le conozco apenas. No se exactamente como es pero... he salido con él porque me apetecía, porque estoy cansada de estar en casa o aquí... no te ofendas- hizo una pausa -Verás... ayer, aun no entiendo exactamente por qué, Jack me pidió que diésemos una vuelta. Podría haber respondido sí o no, dependiendo de lo que yo realmente deseara. Pero ¿Sabes qué? Que lo primero que pensé es que me daba miedo decir que sí, y lo segundo, que mi padre no lo aceptaría. No pensé por mí y en mi diversión. Cuando llegué a casa, encontré a mi padre muy nervioso. Estaba cabreado porque llegué tarde. Quise explicarle que había estado ayudándote con lo que le pasó a Jack, pero, no me dejó. En vez de oírme, se puso a decir que estaba loca pasando tantas horas de mi vida aquí y que... estaba siendo un desperdicio- miró a Adam -Sugirió que dejara de venir. Que buscara marido y tuviese una familia. ¿Sabes lo mal que me sentó eso? Él me trajo aquí hace tres años. Si no fuera por ti y por tu ayuda, Adam... yo no se si me habría recuperado. Y cuando lo conseguí, podría haber seguido con mi vida. Podría haber continuado con mis amistades, con los estudios, pero... él no quiso, no me lo permitió. Ir a la iglesia decía que era lo más importante. Estar aquí, que Dios me oyese y yo le oyese a él. Estar en paz conmigo misma... y no dejarme llevar por los demás. ¡Eso era lo que él decía! Y ahora, de repente, se enfrasca en ese maldito trabajo y cambia de idea. ¡Ahora piensa que es culpa mía que esté tan sola! ¡Ahora me culpa por no tener la vida que él desearía para mí! Como estaba tan furiosa, busqué a Jack. Por eso te llamé y por eso le dije que quería salir...- suspiró -Adam... ¿Sabes lo viva que me he sentido después de todos estos años? He pensado en mí, me he divertido. Estoy conociendo a Jack, que para nada parece alguien... malo, ya sabes. ¿Eso esta mal Adam? ¿Esta mal ser egoísta?- Claro que no -¿Entonces por qué mi padre me ha tratado como una furcia? ¿Por que me ha hablado con tanto desprecio? ¿Me lo merecía?- A Rose se le encogió la barbilla. Casi fue a romper a llorar nuevamente, pero se contuvo. Adam sintió pena por ella. Estaba claro que no se estaba confesando ni que él tenía que perdonar nada. Se estaba expresando, desahogándose, y lo único que pudo hacer fue consolarla. Decirle que entendiera el estrés que podía provocar el trabajo, la preocupación de su padre por su futuro y esperar a ver la forma en la que vería las cosas al día siguiente. -Las veré igual que hoy, negras y oscuras- gruñó. -Estoy cansada... soy la primera que no quiere estar sola...- El párroco sonrió afable. Algo escasa de amistades, sí, pero realmente nunca había estado sola, o eso quiso expresarle. Rose le miró, sabía que se estaba refiriendo a él. Tenía razón, era su único amigo. -Lo sé. Y siempre te tengo en cuenta. Eres como un sol en mitad de una enorme tempestad, Adam. No me extraña que siempre estés tan solicitado, que todos acudan a ti. Me atrevería a decir incluso que hasta alguna mujer te habrá echado el ojo alguna vez. Eres... un santo, si se puede decir aquí de esa forma- sonrió la chica, algo más aliviada, burlona por el comentario. Se acarició las rodillas. ¿Que más decir? Ese había sido su problema del día.
Entonces, inesperadamente, el párroco sintió curiosidad por lo que habían hecho Jack y ella toda la tarde y parte de la noche -Me llevó a la feria. Estuvimos paseando y... bueno, hablamos de nuestras cosas. De música, por ejemplo. También hemos bailado y... me ha conseguido un peluche. Parece estúpido, pero en realidad es bonito- comentó, retomándo aquella ilusión. -¿No es raro, Adam?- el hombre no comprendía -Que sin conocernos, esto haya pasado. Que sin saber quienes somos, hayamos decidido salir, pasar la tarde y hacer cosas- le miró a los ojos -¿Jack está bien? ¿Tiene problemas, verdad?- Adam no supo que contestar -No lo digo solo porque ayer viniera tan demacrado. Es que, parecía que estaba en la feria por el mismo motivo que yo. Buscaba evadirse, pensar en otra cosa y estar con otra gente. Justo lo que yo necesitaba, parecía necesitarlo él. Me ha inspirado... tanta lástima...- el párroco se rascó la nunca, incómodo. Lo que supiera de Jack, no debía contarlo. Los secretos se quedaban bajo llave en la iglesia. -Pero ¿Es demasiado malo lo que le ocurre? Quiero decir ¿Impediría que... volviera a verle?- suponía que no -Esta bien. Me alegro entonces- sonrió levemente. ¿Por que de repente sintió que se encendía al imaginar que volvía a pasar una tarde así? Aquel contacto con aquel baile... la verdad es que le había gustado. Mucho. Bastante. Sobretodo porque nunca había tenido un contacto así con ningún hombre, y al ser el primero... la sensación se había quedado grabada en su mente. -¿Tu crees que... es malo? Es que nos cruzamos con unos amigos y... creo que nos vieron muy distintos. Él es diferente a mí, lo sé. Esas pintas ni si quiera a mi me gustan. Pero... ¿Esta bien? ¿Es posible?- Adam volvió a sentir. No había nada malo en ninguna de sus ideas, absolutamente nada. -Entonces ¿Me acompañarías mañana a casa? Estoy siendo muy exigente, lo sé. Pero tú conoces a mi padre. Eres su amigo y el mio. Quizá tu podrías ayudarle. Ya que él no viene a la iglesia, que la iglesia vaya a él. Te devolveré el favor, te lo prometo- El párroco no pudo hacer nada contra aquellos ojos enormes y brillantes que suplicaban más que un pobre por comida. Tras acceder, se puso en pie, dispuesto a volver a dormir. Estaba demasiado cansado. -Vale, esta bien. No te retendré más-
Cuando Adam cerró la puerta y Rose se echó sobre la cama, algo incómoda por estar vestida con ropas de salir, tuvo que hacer acopio de valentía para no caer presa del miedo en mitad de aquella oscuridad y frío. Adam estaba ahí, al otro lado. No iba a pasarle nada.
Al meterse en las sábanas, sus músculos se relajaron. Sintió como el miedo desaparecía poco a poco. Y todo ello, porque las sábanas le aportaron un olor familiar, un olor que empezaba a gustarle. Olía a él. Olía a gasolina.
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