La pequeña sala de descanso, situada en el ala este de la iglesia, se impregnó de un fuerte olor a café en el momento en el que Adam terminó de prepararlo. Rose sabía que se le daba fenomenal preparar café, y no le extrañaba, dado que era de las pocas dedicaciones que el párroco tenía en su día a día. Por ello, nunca decía que no a una buena taza. Su padre la esperaba, como cada día, pero tampoco se ganaba ningún sermón por llegar unos veinte minutos tarde. A fin de cuentas, estaba en la iglesia. ¿Que podían temer?.
-Estaba pensando que... voy a dejar de escribir sobre James- sentenció, dando un primer sorbo a la taza de siempre, tan humeante, que de tener gafas ya se le habrían empañado. Adam abrió los ojos para alzar las cejas, impresionado, mientras tomaba asiento en la vieja silla, al otro lado de la pequeña mesita -No te sorprendas. No he dicho que vaya a tirar el trabajo de todo un año por la borda. Es solo que... voy a dejar de escribir sobre James una vez acabe con este proyecto- repitió, esclarecedora. Adam no comprendía como podía haber tomado tal decisión, después de tanto tiempo, después de casi rozar la meta. -La editorial solo pone quejas. Quieren más y más detalles para que me concedan la publicación. Ya van tres libros con James Lincoln como protagonista solo porque a la editorial una sola entrega no les termina de convencer. Yo no había pensado tanto en un primer momento para James. Él ya tuvo su final... no quiero seguir escribiendo más sobre él. Me siento demasiado forzada- se lamentó en un último susurro. Adam, que había estado escuchando atentamente, no pudo hacer otra cosa que preguntar en qué estaba pensando entonces -El cuarto no versará sobre James. Será sobre Lily. Solo y exclusivamente sobre Lily- El párroco tragó saliva un segundo. Suspiró pesadamente y se rascó la barba. Sugirió que, quizás, eso pusiese las cosas más difíciles. -Lo sé, ya lo sé... pero, creo que puedo hacerlo. Lily ha salido en todos los anteriores libros. No ha sido un simple papel secundario. Ella y James ya tienen una historia. Ambos son agentes, ambos han estado enfrascados en los mismos casos, y el uno sin el otro no hubiesen resuelto la mayoría de los misterios de toda la novela. No se trata de dar a conocer un personaje totalmente nuevo en una historia totalmente nueva. No es empezar de cero para volver a ganarse la confianza de la editorial. Es solo... otra perspectiva- en todo momento, Rose había estado mirando a los ojos del párroco. Sin embargo, en esa última frase, apartó la mirada para dirigirla hacia la ventana, decorada por diminutas gotitas de agua que empezaron a caer del cielo. Estaba convencida de lo que quería, pero no lo estaba de la decisión de la editorial, y eso era su mayor temor. Adam se echó hacia delante, intentando inspirar mayor confianza y captando de nuevo la atención de la chica, que se recogió los cabellos tras la oreja. Si eso era lo que ella quería hacer, si era lo que deseaba, la idea con la que estaba convencida de que la historia cambiaría para mejor, debía hacerlo. Al menos, en su humilde opinión de párroco. -¿No te molesta?- Adam alzó la mano. Era su libro, no de él -Si, lo sé. Pero eres tú quien lo lleva a la editorial en más clandestinidad que la que yo misma tengo en casa para escribir. No quisiera ponerte en una situación... incomoda- el hombre sonrió. ¿A caso Lily se había convertido en streaper y se ganaba la vida haciendo cosas demasiado imprudentes? -Por supuesto que no- Entonces no había nada que pudiera molestar. Rose asintió, con una leve sonrisa en los labios, aliviada por tener el visto bueno de su amigo y confesor, el único que sabía quien era realmente R.M.
Se terminó el café sin demasiada prisa, de ahí a que quizás se hiciera más tarde de lo normal. A veces ocurría. Cuando las nuevas ideas acudían a la cabeza de Rose, ésta sentía la imperiosa necesidad de expresarlas con alguien quien supiese oírlas y valorarlas. Y de ahí a que los minutos transcurriesen como si fuesen segundos, que los ánimos de la chica floreciesen como si se tratara de flores en primavera, y que, sin duda alguna, encontrase esperanzas en un mundo lleno de obstáculos. Por ello, que alguien aporrease levemente la puerta trasera de la iglesia, la que estaba ubicada junto a las habitaciones y pequeñas salas, les tomó por sorpresa a ambos, más a Rose que a Adam. -¿Sigues teniendo visitas a estas horas? Deben ser pecados muy urgentes- bromeó la chica, poniéndose el abrigo con rapidez. Adam explicó que debía tratarse de Jack, un joven que pasaba por allí de vez en cuando, siempre de noche. Rose asintió. Sabía quien era porque había visto a ese chico alguna que otra vez ya, siempre en días como aquellos en los que ella se atrasaba bastante, pero poco más sabía de él. Nunca le preguntaba a Adam sobre otras visitas y compañías que tuviese además de la de ella misma. No le extrañaba que un hombre tan humilde y simpático como el párroco tuviese más de una amistad, que quizás, por enlaces familiares como los de ella misma, le habían llevado a iniciar la misma, Lo único que le parecía raro, es que pudiese llegar a tener relación con alguien como ese tal Jack. Siempre vestía con ropa oscura, nunca faltaba una chaqueta de cuero. Jamás había visto su barba bien afeitada y no es que fuese demasiado limpio. Intuía que era uno de esos hombres enlazados con bandas de música dura, aquellas que su padre aborrecía, alegando que sus letras no conducían a nada bueno. Pero, ¿Quien era ella, una vez más, para juzgar las amistades del párroco?. -Te devolveré los libros, pongamos en... ¿Tres semanas?- preguntó justo antes de abrir la puerta, tras encaminarse hacia el pasillo. -Ah, y, nos vemos el domingo para el mercadillo de beneficencia. Traeré todo lo que pueda- añadió, cuando la puerta ya estaba abierta y Jack aguardaba fuera. -Adios, Adam- se colgó el bolso del hombro, pasando por el lado del joven -Buenas noches- susurró, intentando ser todo educada. Anduvo tan rápida en dirección hacia el coche por si rompía a llover con fuerza sobre su cabeza, que no supo si el muchacho acabó respondiendo o no. Solo supo que al pasar por su lado, le llegó un fuerte olor a combustible.
Tras conducir de vuelta a casa y entrar en el enorme hogar que llevaba su apellido como titular, se adecentó el pelo, encrespado por la humedad. -Es un poco tarde. ¿Te han entretenido en la iglesia?- preguntó Brigitte, la primera en recibir a la chica. Se trataba de la asistenta que su padre había contratado hacía ya unos cuatro años. Cocinaba y limpiaba. Y aquel día, debía haber terminado su jornada un poco tarde.
-No, no. Ha sido cosa mía. ¿Ya te vas?-
-Sí, sí. Esas sábanas no querían secarse. ¡Y para colmo empieza a llover! Vaya faena de tiempo. Últimamente brilla el sol muy poco-
-Si, es cierto... Oye, ¿Y mi padre?-
-Arriba, en su despacho. Quise entrar para decirle que ya me iba, pero intuyo que es mejor que no le moleste-
-No te preocupes, yo se lo digo. Nos vemos mañana, Brigitte- Mientras colgaba su abrigo en el perchero, la mujer de tez algo tostada se acercó a la chica y le dio un beso en la mejilla, para después desearle buenas noches. Así era la confianza que se había forjado. Nadie, ninguna mujer, sustituiría la ausencia de la madre de Rose. Sin embargo, la presencia de Brigitte era algo que la chica agradecía. A veces imaginaba cosas sobre ella que... bueno, no quería decir en voz alta, pero rezaba por que un día se hicieran realidad.
Rose subió las escaleras que conducían a la segunda planta. Todo estaba muy oscuro, a excepción de una luz que se filtraba bajo el umbral de la puerta del despacho del señor Miller. La chica tomó el pomo con cuidadlo, y al abrir la puerta, esta chirrió. Encontró a su padre mirándola por encima del hombro, enfrascado en una montaña de papeles repletos de nombres personales y cifras llenas de ceros. -¿Mucho trabajo?- el hombre bufó, devolviendo la vista a lo que le ocupaba -Brigitte se ha ido ya. Yo voy a cenar y me meteré en la cama rápido. ¿Vale?- Norman echó un ojo a su reloj de pulsera, y sin poder evitarlo, preguntó si había estado en la iglesia toda la tarde -Así es. Estamos preparando el mercadillo. Hay muchas cajas que revisar- el hombre asintió y no dijo nada más, lo que provocó que Rose arquease una ceja. Definitivamente, del padre Adam, era del único hombre del que no tenía quejas. En parte porque era párroco, y por otro lado, porque era su amigo. -Buenas noches papá. Procura descansar- murmuró. Quiso darle un beso... pero se reprimió. Mejor dejarle trabajar.
Rose hizo casi todo lo que había prometido hacer. Casi, porque en vez de dormir, se sentó en la cama con su máquina de escribir. Era uno de los últimos modelos, adquirida hacía apenas unos pocos meses. Por eso le frustraba tanto ver el folio blanco encajado, sin nada que expresar. Al final, terminó por dejar la máquina de escribir en el suelo, encendió la luz de la mesita de noche y abrió uno de los libros que Adam le había dejado. ¡Que suerte que le gustase leer tanto como a ella! Aquel libro, era de un autor llamado Umberto Eco. ¡Que suerte poder poner el nombre propio a una obra, sin temor a que lo rechazaran por ser de mujer!.
El domingo llegó por fin, tras cinco días de espera.
Rose cargó cuatro cajas llenas de ropa algo usada y dos cajas llenas de libros en el audi. Pesaban demasiado para ella, de ahí a que tuviese que torcer varias veces el cuello antes de pisar el acelerador. Aquel día estaba nublado, pero por suerte no llovería. Llegaba algo tarde, así que supuso que ya Adam habría sacado todas las mesas a la acera que bordeaba la iglesia y que poco más para ayudar podría hacer ella, mas que colocar sus propias donaciones en su sitio.
Con un par de toques al claxon tras aparcar unos metros alejados de la entrada la iglesia, llamó la atención de Adam. Le saludó desde lejos y le instó a que se acercara. Sin duda alguna, eran demasiadas cajas.
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